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La manifestación convocada por el Partido Popular contra la corrupción terminó convirtiéndose en un retrato involuntario de sus propias contradicciones.
Una concentración diseñada para proyectar indignación cívica acabó revelando la fragilidad del discurso de un partido que acumula décadas de casos, condenas, imputaciones y una hemeroteca que contradice cada palabra pronunciada en el escenario.
Desde primeras horas, la imagen era elocuente: autobuses llegados de todos los rincones de España, cargados de cargos orgánicos movilizados para inflar una asistencia que el PP proclamó como multitudinaria —80.000 personas, según ellos; muchos menos, según cualquier estimación independiente—.
La puesta en escena recordaba más a un acto de partido que a una protesta espontánea.
En el escenario, los pesos pesados del PP aparecieron como si formaran parte de una alineación nacional en un partido imaginario entre “Mafia” y “Democracia”.

Feijóo, Ayuso, Aznar y Rajoy repitieron consignas apocalípticas envueltas en un tono paternalista, mientras evitaban cualquier mención al interminable catálogo de casos de corrupción que han marcado la historia reciente del partido.
La escenografía tampoco ayudó. Con el himno nacional resonando como telón de fondo, pantallas gigantes y un cartel que proclamaba la “independencia judicial”, la paradoja resultaba evidente: varios de los dirigentes que aplaudían desde la primera fila han sido investigados o han visto a sus gobiernos salpicados por Gürtel, Púnica, Lezo o Kitchen.
Algunos de los asistentes más destacados —como los dirigentes del PP de Almería— arrastran investigaciones activas por blanqueo, dinero en efectivo y contratos opacos, lo que no impidió su presencia ni su entusiasmo.
Ayuso, convertida como siempre en protagonista indiscutible, se presentó como víctima del “Estado” entre aplausos y dramatismo. Su discurso, acompañado de música épica como “The Final Countdown”, rozó lo performativo.
Y cuando denunció supuestos peligros inminentes vinculados a ETA —una organización desaparecida desde hace más de una década—, el mensaje derivó en un surrealismo difícil de sostener.
El acto también sirvió como escaparate para influencers de la derecha mediática como Javier Negre y Vito Quiles, que tuvieron que elegir entre acudir a la manifestación del PP o a la de Vox en Ferraz, celebrada a la misma hora.
La elección fue evidente: mejor asistir donde fluye el presupuesto institucional.
Su presencia, junto a dirigentes del PP murciano y figuras de la ultraderecha mediática, evidenció una convergencia creciente entre la comunicación oficial del partido y los creadores de contenido que viven de la confrontación permanente.
Mientras tanto, en redes sociales se multiplicaban los memes, especialmente tras los discursos que denunciaban “el gobierno más corrupto de la historia” a pesar de que las estadísticas y los registros judiciales señalan lo contrario:
el PP es, de largo, el partido con más condenados, investigados y causas abiertas desde la restauración de la democracia.
La comparación con un “gobierno de cloacas, burdeles y sobornos” resultaba grotesca en boca de un partido que ha abonado —judicialmente probado— las mayores tramas de corrupción política del país.
La manifestación, lejos de un ejercicio de regeneración, terminó siendo un acto de propaganda que exhibió las fracturas internas, la dependencia de viejas glorias del partido y el desconectado universo paralelo en el que se mueven algunos de sus portavoces.
Un intento de denunciar la corrupción que, paradójicamente, terminó recordando a todo el mundo el pasado del propio PP.
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