La tarde se había vuelto espesa en Madrid, de esas en las que el aire parece quedarse suspendido entre los edificios institucionales, como si la ciudad intuyera que algo está a punto de romperse. En los pasillos de los juzgados, entre murmullos y pasos acelerados, un nombre volvía a repetirse con insistencia: el juez Peinado.

—Pero antes hay noticias sobre el juez Peinado —dijo una voz en el estudio, con ese tono que anuncia tormenta—, porque cita a la esposa del presidente del Gobierno, Begoña Gómez, a comparecer en plena Semana Santa.

Hubo una pausa breve, casi teatral.

—Y además vuelve a transformar la causa en un proceso con jurado… después de que la Audiencia ya anulase ese paso por falta de argumentación.

El silencio que siguió no era casual. Era el tipo de silencio que precede a una historia incómoda.

—Sé que quieres hablar de esto —insistieron—. Cuéntanos qué está pasando.

Desde el otro lado, la respuesta llegó con precisión quirúrgica.

—El juez Peinado cita de nuevo a Begoña Gómez, a Cristina Álvarez, asesora de la esposa del presidente, y al empresario Barrabés. Será el 1 de abril, a las doce de la mañana.

La fecha quedó flotando en el aire como una advertencia.

—Con esta acción —continuó—, lo que pretende es comunicarles que, en caso de juicio, serán juzgados por un tribunal de jurado.

—El segundo intento —intervino otra voz—, porque la Audiencia Provincial de Madrid ya rechazó el primero.

—Exacto. En su momento dijo que no estaba motivado.

Un gesto, una respiración contenida.

—Ahora vuelve con un auto de 47 páginas donde argumenta que todos los delitos están relacionados entre sí.

La maquinaria judicial seguía avanzando.

Pero no todos estaban convencidos.

—¿Qué ocurre realmente aquí? —preguntaron.

La respuesta fue directa, casi incómoda.

—El juez tomó la decisión de llevar el caso a jurado sin fundamentarlo. Y sí, puede sonar increíble, pero así fue.

Un murmullo cruzó el estudio.

—La Audiencia se lo dijo claramente: si quiere hacerlo, fundaméntelo.

El relato comenzaba a tensarse.

—Ha tardado meses —continuó—, y ahora vuelve incluyendo delitos como tráfico de influencias, apropiación indebida e intrusismo.

Una lista que sonaba cada vez más pesada.

—¿Puede hacerlo? —preguntaron.

—Desde el punto de vista legal, sí. El problema es cómo lo fundamenta.

Se inclinó ligeramente hacia delante.

—Porque basa gran parte de su argumentación en que ella era la esposa del presidente.

La palabra quedó suspendida.

—Habla incluso de “autoridad moral”.

Un concepto difuso.

—Y a partir de ahí construye todo el relato.

Pero entonces… llegó el giro.

Uno de esos momentos en los que una historia cambia por completo.

—Hay una exclusiva —anunciaron—. El juez habría modificado la declaración de una testigo.

El silencio fue inmediato.

—¿Cómo?

—Atribuyó a la directora de recursos humanos del Instituto de Empresa una afirmación que nunca hizo.

El aire se volvió denso.

—Escuchen esto.

Y entonces, la escena se reconstruyó como si el lector estuviera dentro de la sala.

—¿Fue usted quien dijo que había que formalizar el contrato y que la motivación era que era la esposa del presidente? —preguntó el juez.

La respuesta no tardó.

—Señoría, yo di la instrucción porque era mi superior jerárquico. No se contrató por ser la esposa del presidente.

Las palabras eran claras.

Pero el problema no estaba ahí.

—A la testigo nunca se le preguntó por los motivos de la contratación.

Un detalle pequeño… pero devastador.

—Solo se le preguntó quién le dio la orden.

Y aun así…

—Esa afirmación acabó utilizándose para imputar a otra persona.

El silencio ya no era incómodo.

Era alarmante.

—Vamos a suspender la declaración —se escuchó en la recreación—, porque su condición pasa de testigo a investigado.

La transformación era inmediata.

Brusca.

Irreversible.

—Y aquí es donde todo empieza a complicarse —dijo una voz más grave.

Porque lo que parecía un procedimiento más… empezaba a mostrar grietas.

—Mientras tanto —continuó—, el Consejo General del Poder Judicial tiene abiertas varias diligencias informativas.

La lista no era corta.

—Una por haber dejado pasar un plazo, lo que obligó a archivar un procedimiento.

—Otra por un conflicto con el ministro de Justicia, al que habría menospreciado.

—Y una tercera por una supuesta filtración de información a la prensa.

Cada punto añadía peso.

—Según la denuncia, esa filtración se hizo de viva voz.

Una acusación difícil de ignorar.

—Y aun así… no se investiga.

El ambiente se volvió aún más tenso.

—Se habla incluso de protección institucional.

Nadie respondió de inmediato.

Porque había otra historia cruzándose en paralelo.

—Atención al caso Montoro —interrumpieron—.

El foco cambiaba, pero la tensión se mantenía.

—La Fiscalía Anticorrupción acusa a las defensas de entorpecer la investigación.

—¿El motivo?

—Siete años de secreto de sumario.

La cifra resonó.

—Las defensas piden la nulidad.

—La Fiscalía responde: no se ha vulnerado el derecho de defensa.

La batalla era jurídica… pero también política.

—¿Hay una doble velocidad en la justicia? —preguntaron.

Nadie se apresuró a responder.

—Hay quien lo cree.

El contraste era evidente.

—Un caso con pocas personas lleva años.

—Otro, con decenas de imputados, avanza lentamente.

La sensación empezaba a instalarse.

—Quizá no es solo una cuestión de tiempos —añadieron.

Sino de decisiones.

De prioridades.

De estrategia.

—Las defensas tienen derecho a decir lo que quieran —explicaron—. Pero el juez tiene que mover el caso.

Una pausa.

—Y aún no lo ha hecho.

El nombre del juez volvía al centro.

—Está esperando informes.

—Informes que no llegan.

El ejemplo fue directo.

—Se pidió uno sobre la situación patrimonial de un imputado… hace meses.

—Y no hay nada.

El vacío hablaba por sí solo.

—Menos informes y más declaraciones —concluyó alguien.

La frase quedó flotando.

Como un resumen involuntario de todo.

Porque al final, lo que parecía un caso concreto… empezaba a convertirse en algo más grande.

En una duda.

En una sospecha.

En una pregunta que nadie quería formular en voz alta.

¿Hasta qué punto todo esto es solo justicia…?

La noche cayó sobre Madrid.

Y en algún despacho, entre papeles y resoluciones, alguien sabía que la historia aún no había terminado.

Porque lo más delicado…

lo que realmente podría cambiarlo todo…

acababa de empezar a salir a la luz.