Alba Flores reprueba estas palabras de Jordi Évole ante su entrevista en Atresmedia: “Es estigmatizante”.
Alba Flores fue la protagonista de la última entrega de ‘Lo de Évole’, donde volvió a hacer gala de su naturalidad y transparencia.

La conversación empezó como tantas otras en Lo de Évole, con un tono íntimo, casi doméstico, pero pronto se transformó en algo mucho más incómodo y, precisamente por eso, mucho más poderoso.
Alba Flores no se sentó frente a Jordi Évole para ofrecer titulares fáciles ni para reafirmar una imagen pública ya conocida.
Lo hizo para hablar desde un lugar que rara vez ocupa el centro del prime time: la experiencia vivida, el peso de las palabras y la herida silenciosa que deja el lenguaje cuando se usa sin conciencia.
Desde el primer minuto quedó claro que no iba a ser una entrevista complaciente.
Alba, nacida en una de las sagas artísticas más conocidas del país, habló de su familia sin edulcorantes, de la adicción a las drogas que marcó y truncó la vida de su padre, de la fama heredada y de la identidad que se construye a contracorriente de los estereotipos.
Pero fue al abordar el racismo cuando el programa dio un giro que muchos espectadores no esperaban.
Jordi Évole introdujo el tema con una pregunta aparentemente sencilla: si alguna vez habían sufrido discriminación por ser gitanas.
En el plató también apareció por sorpresa Elena Furiase, prima de Alba, aportando otra mirada, más matizada, más conciliadora.
Sin embargo, Alba no tardó en llevar la conversación a un terreno concreto, cotidiano, reconocible para cualquiera que haya sentido el peso del prejuicio sin que nadie lo verbalice abiertamente.
Relató una anécdota reciente, ocurrida al mudarse de casa tras cinco años viviendo en el mismo edificio.
El último día, el portero —al que definió como una persona amable— le dedicó unas palabras que, en apariencia, eran un halago.
Le dijo que había sido una vecina ejemplar, que no había dado problemas. Hasta ahí, nada extraño.
Pero a continuación añadió algo que cambió por completo el sentido de la frase: cuando ella llegó, muchos vecinos pensaban que iba a ser conflictiva, que montaría fiestas, que generaría ruido, que traería problemas.
Alba contó la escena sin dramatismo, casi con serenidad, pero el mensaje era demoledor. No se trataba de un insulto directo ni de una agresión explícita.
Era algo más sutil y, por eso mismo, más difícil de desmontar: el prejuicio previo, la sospecha automática, la expectativa negativa asociada a una identidad.
Elena Furiase intentó ofrecer otra lectura, sugiriendo que quizá esa desconfianza tenía más que ver con ser artista que con ser gitana.
Alba no dudó ni un segundo en responderle. Fue clara, firme, sin elevar la voz: no cree que eso le pase a otras actrices como Bárbara Lennie o Aitana. No es por ser artista, insistió, es por ser gitana.
Ese momento marcó un antes y un después en la entrevista. Porque ya no se hablaba de racismo como un concepto abstracto, sino como algo que se cuela en las conversaciones cotidianas, en los comentarios aparentemente inofensivos, en los “menos mal que no ha pasado nada” que esconden una sospecha previa.
Jordi Évole recogió el guante y reflexionó en voz alta sobre cómo la sociedad ha aprendido a construir estereotipos negativos a partir de etiquetas.
Mencionó el caso de los menores extranjeros no acompañados, reducidos a siglas que cargan con una connotación criminal.
Alba asintió, pero no se quedó ahí. Fue entonces cuando lanzó uno de los mensajes más contundentes de toda la entrevista, dirigido no solo al presentador, sino a los medios de comunicación en general.
Habló de privilegio, sin acusaciones, pero sin rodeos. Explicó que quienes no están atravesados por ese tipo de discriminación tienen una responsabilidad mayor a la hora de nombrar las cosas.
Porque el lenguaje no es neutral. El lenguaje construye pensamiento, genera imaginarios colectivos y, cuando se usa mal, estigmatiza.
No fue un discurso aprendido ni una consigna. Fue una llamada de atención directa, humana, casi pedagógica.
Dijo que los medios deben andar con mucho cuidado, revisar sus palabras, cambiar inercias. Porque cada término repetido sin reflexión acaba calando, normalizando una mirada que coloca a ciertos colectivos siempre bajo sospecha.
La reacción de Jordi Évole fue inmediata. Lejos de ponerse a la defensiva, preguntó con honestidad si había metido la pata en algún momento.
Alba, fiel a su naturalidad, respondió primero con una sonrisa, restándole gravedad. Pero segundos después decidió ser precisa. Sí, había algo que no le había gustado.
Se refirió al uso del término “patriarcas” para hablar de su abuelo, el mítico Pescaílla.
Y ahí abrió otra reflexión que fue tan sutil como necesaria. Explicó que dentro de las familias gitanas no se habla de clanes, ni de patriarcas, ni de estructuras casi mafiosas.
Se habla, simplemente, de la familia. El uso de esas palabras, dijo, no es inocente. Está cargado de una acepción que remite a la criminalidad, a la marginalidad, a un imaginario construido desde fuera.
Comparó ese lenguaje con series como Los Soprano, dejando claro lo absurdo de aplicar esos términos a realidades familiares normales.
Insistió en que esa forma de nombrar crea una imaginación colectiva que estigmatiza, aunque no sea la intención de quien habla.
El plató guardó silencio unos segundos. No por incomodidad, sino por la sensación de estar asistiendo a algo poco habitual en televisión: una corrección hecha desde el respeto, aceptada con humildad y celebrada como una oportunidad de aprender.
Jordi Évole agradeció la puntualización, reconociendo su valor. Alba lo remató con humor, llamándolo “chiquiconsejo”, demostrando que se puede señalar un problema sin levantar muros.
Más allá de la anécdota concreta, la entrevista dejó una sensación persistente. La de que muchas veces el racismo no se manifiesta en grandes gestos, sino en palabras heredadas, en expresiones normalizadas, en etiquetas que se repiten sin pensar.
Y que desmontar eso exige algo más que buenas intenciones: exige escucha, revisión y voluntad de cambio.
Alba Flores no se presentó como víctima ni como portavoz de nadie. Habló desde su experiencia, desde lo vivido, desde una conciencia construida a base de observar cómo ciertas narrativas se repiten una y otra vez.
Su mensaje no fue de confrontación, sino de responsabilidad compartida.
En un contexto mediático donde el ruido, la polarización y la simplificación dominan el discurso, su intervención fue un recordatorio incómodo pero necesario: las palabras importan.
Importan porque moldean la forma en que miramos al otro, porque legitiman sospechas o abren espacios de comprensión.
La entrega de Lo de Évole no solo dejó frases virales. Dejó preguntas abiertas. ¿Cómo hablamos de los demás? ¿Qué imaginarios estamos reforzando sin darnos cuenta? ¿Qué papel juegan los medios en todo esto? Y, sobre todo, ¿estamos dispuestos a escuchar cuando alguien nos señala un sesgo, aunque no haya mala intención detrás?
Alba Flores se levantó del sofá sin grandes gestos, sin proclamas finales. Pero su mensaje quedó flotando en el aire, interpelando a quien estaba delante de la pantalla.
Porque cambiar el lenguaje no es una cuestión estética ni ideológica. Es una forma concreta de empezar a cambiar la realidad.
Y quizá por eso la entrevista no se olvidó al terminar el programa. Porque no buscó convencer, sino despertar conciencia.
Porque no gritó, pero incomodó. Y porque, en tiempos de discursos vacíos, alguien se atrevió a recordar que nombrar bien también es una forma de respeto.
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