Esperanza Aguirre utiliza los asesinatos del ICE de Trump para culpar a Sánchez del “mantenimiento” de los trenes: “¿Y no tiene que ver…?”.
La ex presidenta de la Comunidad de Madrid blanqueaba en directo al magnate norteamericano y sus fuerzas antiinmigración.

La escena parecía una más en el plató de La Roca, pero bastaron apenas unos minutos para que la conversación derivara en uno de esos momentos televisivos que dejan poso, incomodan y se multiplican después en redes sociales.
Era domingo, 25 de enero, y Esperanza Aguirre regresaba al programa con la seguridad de quien conoce bien el terreno.
Nadie imaginaba que una pregunta sobre un asesinato cometido en Estados Unidos iba a acabar convertida en un alegato en defensa de Donald Trump, una reprimenda indirecta a Pedro Sánchez y un debate que acabaría tensionando el propio sentido del diálogo.
Todo comenzó cuando Nuria Roca introdujo un asunto delicado, de alcance internacional: la muerte de un hombre en Mineápolis a manos de agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos, el ICE, un cuerpo policial que en los últimos años se ha convertido en símbolo de las políticas migratorias más duras impulsadas por Donald Trump.
No era una pregunta inocente ni casual. Venía precedida de imágenes, de testimonios y de una creciente preocupación por los excesos policiales cometidos en nombre de la seguridad fronteriza.
Antes de que la presentadora pudiera terminar de contextualizar el caso, Aguirre interrumpió con un matiz que ya marcaba el rumbo de lo que vendría después.
“No es la Policía migratoria, es la Policía de frontera”, corrigió, con tono firme, como si ese cambio semántico bastara para alterar la gravedad de los hechos.
Nuria Roca intentó reconducir la conversación, consciente de que el foco no estaba en la nomenclatura del cuerpo policial, sino en el uso letal de la fuerza en plena calle, ante testigos y cámaras.
La ex presidenta de la Comunidad de Madrid respondió con una comparación que descolocó a parte de la audiencia. Señaló que en España la Policía no puede disparar “pase lo que pase”, mientras que en Estados Unidos sí existe esa posibilidad.
No había condena explícita, no había una crítica directa. Era más bien una constatación que, lejos de cerrar el debate, lo abría aún más.
Roca insistió. Incluso los más fervientes defensores de Trump, apuntó, estarían cuestionando una actuación así.
Fue entonces cuando Aguirre dio el primer giro brusco: “¿Pero qué tiene que ver aquí Donald Trump?”, preguntó, deslizando la idea de que se trataba de un hecho aislado, responsabilidad exclusiva de unos agentes concretos.
La presentadora no tardó en responderle con claridad: esa Policía depende del presidente de Estados Unidos, por lo que la cadena de responsabilidades es evidente.
El ambiente en el plató se tensó. Aguirre, visiblemente incómoda, buscó una salida inesperada: Pedro Sánchez.
De pronto, el asesinato en Mineápolis quedó ligado, en su discurso, al mantenimiento de los trenes en España.
Una asociación que sorprendió incluso a Nuria Roca, que tuvo que advertirle de que no se podían mezclar asuntos tan distintos. La respuesta de Aguirre fue reveladora: “No te preocupes, que yo te voy a defender a Donald Trump”.
A partir de ahí, el debate dejó de ser un intercambio de argumentos para convertirse en un pulso. Aguirre volvió a desviar la conversación hacia otros conflictos internacionales, mencionó a los ayatolás, habló de asesinatos en otros contextos y reprochó a la presentadora no haberlos tratado con la misma intensidad.
Roca, manteniendo el tono sereno, apeló a la autocrítica y a la necesidad de denunciar todos los excesos, sin excepciones ni favoritismos ideológicos.
Pero Aguirre insistió. Defendió a Trump “en muchas cosas”, citó Venezuela y, finalmente, justificó las políticas migratorias más duras con una frase que resonó con fuerza: “No pueden entrar millones de ilegales en Estados Unidos”.
En su argumentación, el presidente estadounidense no estaba en el lugar de los hechos, había intermediarios, jerarquías, responsabilidades diluidas. Una defensa cerrada que contrastaba con la incomodidad visible en el rostro de la presentadora.
Las redes sociales no tardaron en reaccionar. Clips del programa comenzaron a circular, acompañados de comentarios, críticas y análisis.
Para muchos espectadores, el momento simbolizaba algo más profundo que una simple discrepancia política. Era la demostración de cómo determinados discursos normalizan la violencia institucional cuando encaja con su marco ideológico, mientras se exige responsabilidades inmediatas cuando el foco está en el adversario político.
Analistas y periodistas recordaron que el ICE ha sido duramente criticado por organizaciones de derechos humanos por prácticas abusivas, detenciones arbitrarias y uso excesivo de la fuerza.
También subrayaron que Donald Trump no es un actor ajeno a ese contexto, sino el principal impulsor de una política migratoria basada en el miedo, la criminalización y la retórica del enemigo interno.
En España, el debate adquirió un matiz añadido. La comparación con Pedro Sánchez y el mantenimiento ferroviario fue interpretada como un intento de desviar la atención, una estrategia conocida para esquivar una cuestión incómoda y trasladar la responsabilidad a otro terreno.
Muchos espectadores se preguntaron qué tenía que ver un asesinato policial en Estados Unidos con la gestión de infraestructuras en España, más allá de la voluntad de introducir una crítica política forzada.
El papel de Nuria Roca también fue ampliamente comentado. Su insistencia en no perder el hilo, en devolver la conversación al tema original y en señalar las incoherencias del discurso de Aguirre fue vista por muchos como un ejercicio de profesionalidad en un contexto cada vez más polarizado. No era fácil mantener el equilibrio entre dejar hablar a la invitada y evitar que el debate se convirtiera en un monólogo sin réplica.
Este episodio de La Roca se suma a una larga lista de momentos televisivos que trascienden el plató y se instalan en la conversación pública.
No solo por lo que se dijo, sino por lo que revela sobre el clima político y mediático actual. La defensa acrítica de figuras como Donald Trump, incluso ante hechos tan graves como una muerte a tiros en la calle, evidencia hasta qué punto ciertos liderazgos han generado una lealtad que resiste cualquier cuestionamiento.
Al mismo tiempo, pone sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿dónde trazamos la línea entre la seguridad y los derechos humanos? ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a justificar la violencia institucional cuando se ejerce contra quienes consideramos “otros”? Y, quizá más importante aún, ¿qué responsabilidad tienen los líderes políticos en el clima que permite que estas actuaciones se repitan?
El debate no terminó cuando se apagaron las cámaras. Al contrario, apenas acababa de empezar. En un contexto en el que la inmigración, la seguridad y la polarización política dominan la agenda, escenas como esta funcionan como un espejo incómodo.
Obligan al espectador a posicionarse, a reflexionar y, en muchos casos, a reaccionar.
Porque más allá de nombres propios, de Trump, de Aguirre o de Sánchez, lo que quedó al descubierto aquella noche fue una forma de entender el poder, la responsabilidad y la vida humana.
Y esa es una conversación que no debería quedarse solo en un plató de televisión, sino extenderse a toda la sociedad.
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