Alejandra Herranz habla en estos términos del señalamiento al hijo de Xabier Fortes tras violarse “líneas rojas”.

 

 

 

 

Alejandra Herranz no dudó en mostrar su apoyo a Xabier Fortes ante los ataques que está recibiendo por tener a su hijo trabajando en RTVE.

 

 

 

 

 

 

La crispación mediática y el señalamiento personal han alcanzado en España cotas que, hasta hace poco, parecían impensables.

 

 

 

El reciente caso de Xabier Fortes y su hijo, empleado en el canal 24 horas de RTVE, ha desatado un vendaval de opiniones, ataques y defensas que no solo ponen en cuestión la ética profesional, sino que también dibujan el retrato de una sociedad cada vez más polarizada y expuesta al juicio público sin filtros.

 

 

En medio de esta tormenta, la voz de Alejandra Herranz, presentadora del ‘Telediario 1’ de TVE y referente informativo, se ha alzado con claridad y firmeza para defender las fronteras de la dignidad y el respeto en el debate público.

 

 

El origen de la controversia se remonta a los comentarios lanzados por Carmen Sastre, exconsejera de RTVE propuesta por el Partido Popular, quien, desde su cuenta de X, acusó a Fortes de haber “colocado” a su hijo en la televisión pública.

 

 

La insinuación, cargada de veneno y destinada a sembrar dudas sobre la integridad del periodista gallego, desató una ola de reacciones en redes sociales.

 

 

Fortes no tardó en responder, explicando que su hijo, como tantos otros jóvenes recién licenciados, había realizado prácticas no remuneradas antes de acceder a un contrato de formación, y calificando el ataque de “ruin” y “miserable”.

 

 

La respuesta de Fortes fue tan contundente como necesaria. “Hay gente mala, ruin, miserable… y luego está Carmen Sastre.

 

 

Mi hijo, como cientos de alumnos que acaban sus estudios de periodismo (en su caso en la Complutense), ha hecho sus prácticas no remuneradas en verano y luego optó a un contrato de formación de un año”, argumentó, subrayando el carácter legítimo y transparente del proceso.

 

 

Pero lo más relevante fue su denuncia sobre el daño que supone atacar a un joven por el mero hecho de ser hijo de un personaje público: “Hay que ser tan tóxica como el polonio para atacar a un chaval, mintiendo de esa manera, con el fin de difamar a su padre”.

 

 

La polémica, lejos de apagarse, se multiplicó en las redes, dividiendo a los usuarios entre defensores y detractores de Fortes y su hijo.

 

 

En este contexto, el apoyo de sus compañeros de profesión fue esencial. Nombres como Silvia Intxaurrondo, Rosa Villacastín, Carlos del Amor y, especialmente, Alejandra Herranz, se sumaron al coro de voces que exigían respeto y denunciaban la vulneración de límites éticos en la crítica pública.

 

 

Herranz, galardonada recientemente en los Premios Ondas 2025, aprovechó el altavoz mediático para expresar su postura con una claridad que rara vez se escucha en el panorama informativo español.

 

 

“Hay muchas líneas rojas que se están cruzando en estos últimos años y no deberían haberse cruzado en ningún momento.

 

 

No todo vale”, afirmó en declaraciones para Mundo Deportivo, dejando claro que el trabajo periodístico, pese a su trascendencia pública, merece el mismo respeto y protección que cualquier otra profesión.

 

 

La reflexión de Herranz va más allá del caso concreto y apunta a un fenómeno más amplio: la normalización de los ataques personales en el debate público y la pérdida de referentes éticos en las redes sociales.

 

 

“Nosotros hacemos un trabajo que tiene una trascendencia pública, pero es un trabajo como cualquier otro.

 

 

Creo que hay momentos y líneas que no se pueden cruzar. Los ataques personales no se deberían tolerar en estos tiempos, donde todo parece que es digno de ser criticado.

 

 

No, no todo vale”, sentencia la periodista, invitando a una revisión colectiva sobre los límites de la crítica y el respeto a la intimidad.

 

 

La pregunta sobre cómo rebajar el nivel de crispación y violencia verbal en el espacio público encuentra en Herranz una respuesta prudente y empática.

 

 

“Nadie tiene una fórmula, creo que cada uno tiene que hacer su trabajo lo mejor posible.

 

 

Lo más empático posible, lo más incluyendo posible, y no dejarse llevar por tú me agredes, yo te contesto.

 

 

Esa parte de las redes salpica mucho y creo que hay que alejarse un poco en ese sentido.

 

 

Me parece complicado”, reconoce, asumiendo la dificultad de encontrar soluciones en un entorno donde la inmediatez y el anonimato favorecen la radicalización.

 

 

El caso Fortes-Herranz es, en realidad, un síntoma de una enfermedad más profunda: la erosión del debate público y la transformación de la crítica legítima en acoso y señalamiento personal.

 

 

La ética periodística, tradicionalmente basada en la veracidad, el respeto y la responsabilidad, se ve amenazada por dinámicas que privilegian el escándalo y la viralidad sobre la verdad y la ponderación.

 

 

El ataque a Fortes y su hijo, lejos de ser un caso aislado, pone de manifiesto la necesidad de reconstruir consensos mínimos sobre lo que es aceptable y lo que no en la esfera pública.

 

 

 

 

La defensa de Alejandra Herranz, por tanto, no es solo un gesto de solidaridad profesional, sino una reivindicación de principios básicos que deberían regir la convivencia democrática.

 

 

La periodista, consciente de la influencia que tiene su trabajo y de la responsabilidad que conlleva, apuesta por la empatía y la inclusión como antídotos frente a la crispación y el odio.

 

 

Su mensaje, lejos de ser ingenuo, es una invitación a repensar la función social del periodismo y el papel de los medios en la construcción de una sociedad más justa y respetuosa.

 

 

La polémica sobre el hijo de Xabier Fortes y los ataques recibidos es, en última instancia, una oportunidad para reflexionar sobre el futuro del debate público en España.

 

 

¿Es posible recuperar el respeto y la dignidad en la crítica política y mediática? ¿Qué papel deben jugar los periodistas y los ciudadanos en la defensa de los límites éticos y la protección de la intimidad? ¿Dónde termina el derecho a la información y comienza el derecho a la privacidad?

 

 

Las respuestas no son sencillas, pero el ejemplo de Herranz y Fortes señala el camino: transparencia, empatía y firmeza ante los ataques injustificados.

 

 

La defensa de las “líneas rojas” no es una cuestión de corporativismo, sino de ética y de responsabilidad democrática.

 

 

En tiempos de polarización y crispación, la capacidad de resistir a la tentación del escándalo y de proteger a los más vulnerables –en este caso, los hijos de los personajes públicos– es la mejor garantía de que el periodismo y el debate público pueden seguir cumpliendo su función esencial.

 

 

El futuro del periodismo y de la convivencia democrática depende, en gran medida, de la capacidad de los profesionales y de la sociedad de establecer y respetar límites claros en la crítica y el señalamiento personal.

 

 

Alejandra Herranz, con su intervención valiente y reflexiva, ha recordado que no todo vale y que la defensa de la dignidad y el respeto es una tarea colectiva que exige compromiso y responsabilidad.