El expediente oculto del Debate 2026: Lo que las cámaras no mostraron y los analistas acaban de filtrar La primera semana del asalto al poder en Perú ha dejado un rastro de sangre política que nadie se atrevió a predecir. Mientras los candidatos ensayaban sus sonrisas, en los pasillos de La República, figuras como Rosa María Palacios y Juliana Oxenford han puesto bajo el microscopio una serie de movimientos que huelen a pacto desesperado. No se trata solo de los gritos entre José Luna y Pérez Tello, sino de lo que ocurrió cuando los micrófonos se apagaron. ¿Fue el regreso de Fernando Olivera una jugada maestra o un suicidio asistido? Las tensiones con Acuña y las disculpas de Paz de la Barra esconden una verdad mucho más turbia que un simple perdón. Pero lo que realmente ha desatado el pánico en los comandos de campaña es el análisis sobre el papel de Keiko Fujimori y el fuego cruzado de Molinelli. Hay una cifra, un gesto y una alianza secreta en el bloque de López Chau y Carlos Álvarez que nadie vio venir. Si creías que el debate se ganó en el podio, es porque aún no has leído lo que la lupa de los expertos ha desenterrado. La verdadera guerra no fue frente a las cámaras, y lo que se viene ahora cambiará el tablero electoral para siempre.
EL TABLERO EN LLAMAS: CRÓNICA DE UNA SEMANA QUE DINAMITÓ EL DEBATE PRESIDENCIAL 2026

El arranque de la contienda electoral no ha dejado prisioneros. Entre el regreso de los viejos zorros de la política,
la irrupción de figuras mediáticas y un insólito festival de pedidos de perdón, la mesa de análisis de La República —liderada por Rosa María Palacios y Juliana Oxenford
— disecciona un escenario donde la estrategia del “golpe bajo” ha pesado más que cualquier plan de gobierno.
POR REDACCIÓN LA REPÚBLICA | LIMA – 30 DE MARZO DE 2026
La política peruana ha vuelto a demostrar que su hábitat natural es el conflicto.
Esta primera semana de debates presidenciales ha sido un recordatorio brutal de que, en el camino hacia Palacio, la técnica suele sucumbir ante el histrionismo.
El enfrentamiento más visceral lo protagonizaron José Luna y Marisol Pérez Tello;
un choque de trenes donde el discurso de la economía popular de Luna colisionó frontalmente con la rigidez constitucional de Pérez Tello, dejando una sensación de agotamiento en un electorado que vio más reproches que soluciones.
En este ecosistema de fragmentación, el bloque compuesto por López Chau, Yonhy Lescano y Carlos Álvarez ofreció un espectáculo de contrastes.
Mientras el rector López Chau intentaba proyectar una imagen de academia y serenidad, Lescano apelaba a su ya conocido lenguaje de plaza para conectar con el sur.
Sin embargo, la verdadera sorpresa fue Carlos Álvarez.
El humorista, lejos de caer en la parodia, utilizó la ironía como un bisturí para desarmar a los políticos de carrera, posicionándose no como un chiste, sino como un síntoma peligroso del hartazgo ciudadano.
Pero si alguien sabe de puestas en escena, ese es Fernando Olivera.
Para analistas como Pedro Salinas, “Popy” fue el gran dinamitador de la jornada.
Con su clásica retórica de limpieza total, Olivera no buscó ganar votos con propuestas, sino destruir la credibilidad de sus oponentes, recordándoles sus pasivos judiciales y convirtiéndose, una vez más, en el centro de la conversación digital.
Su presencia sigue siendo ese factor caótico que desquicia cualquier estructura de debate formal.
La nota de “redención” la puso Álvaro Paz de la Barra, cuyo pedido de perdón público fue interpretado por Manuela Camacho como un movimiento de laboratorio para suavizar su imagen ante el electorado joven.
Este intento de reconciliación contrastó con la incomodidad de César Acuña, quien se vio titubeante y arrinconado cuando las tensiones con Grozo sacaron a la luz las fisuras de sus alianzas regionales y los cuestionamientos a su modelo de gestión universitaria.

El fuego cruzado alcanzó su punto máximo en el bloque de Fiorella Molinelli y Sánchez. Fue un duelo entre la tecnocracia de las cifras y la cruda realidad del sector salud.
Molinelli intentó blindar su gestión con datos macro, pero Sánchez logró conectar con el malestar social, convirtiendo el bloque en un recordatorio de las deudas pendientes del Estado con el ciudadano de a pie.
En medio de esta tormenta, Keiko Fujimori optó por una estrategia de resistencia pasiva.
En su cuarta postulación, la líder de Fuerza Popular evitó el barro de los ataques directos, intentando vender una imagen de madurez política y experiencia.
No obstante, como señaló Rosa María Palacios, su silencio ante temas éticos críticos sigue siendo su mayor vulnerabilidad,
apostando todo a un núcleo duro que la mantenga a flote mientras el resto de candidatos se canibalizan entre sí.
La moneda sigue en el aire.
Esta primera semana no ha definido a un favorito, pero sí ha dejado claro que el Perú de 2026 es un país que aún busca un rostro entre la rabia de Olivera,
la ironía de Álvarez y la desconfianza hacia los rostros de siempre.