Los conflictos escolares, crisis afectivas o tensiones familiares son los mayores motivos de suicidio en menores, según los psicólogos Urra y L. Vallejo
En los últimos meses, España ha registrado un aumento preocupante de suicidios entre niños y adolescentes.

Este repunte no responde a hechos aislados, según un número cada vez mayor de expertos.

Los datos muestran una tendencia que se consolida y que inquieta a familias, escuelas y profesionales de la salud mental.

El malestar emocional en la infancia y la adolescencia se agrava y aparece a edades cada vez más tempranas.

Para conocer más detalles sobre esta tendencia, elcierredigital.com ha contactado con los psicólogos Javier Urra —responsable de las asociaciones Recurra y Ginso— y Jorge López Vallejo.

El psicólogo Javier Urra, con décadas de experiencia en el Tribunal Superior de Justicia de Madrid, explica que la impulsividad propia de esta etapa es un factor clave. “El adolescente tiende a pasar con facilidad al acto.

Es decir, puede desarrollar una conducta suicida sin hacer demasiadas valoraciones previas.

Además, no ha desarrollado los lóbulos frontales, donde está la empatía y la capacidad para anticipar”.

Esa ‘inmadurez’ hace que situaciones que podrían resolverse con apoyo o tiempo se conviertan en un punto de ruptura.

“Los adolescentes son muy imprevisibles, a veces hasta para ellos mismos”, señala Urra.

“Conflictos escolares, crisis afectivas o tensiones familiares pueden adquirir un peso insoportable y generar un vacío enorme o sensación de que vivir no tiene sentido”.

Hombre de cabello canoso y bigote sentado en una mesa de conferencias con micrófono, vaso de agua y materiales de trabajo, en una sala con paneles de madera y el logo del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid en la pared.
Javier Urra.
El aumento de casos no sorprende a los profesionales que trabajan a diario con menores en riesgo.

Urra recuerda que en muchos adolescentes se produce una mezcla peligrosa: vulnerabilidad emocional, menor tolerancia a la frustración y una sensación persistente de que la vida carece de sentido.

“Dependiendo de la edad y la etapa de la vida los motivos de suicidio varían. En los jóvenes la razón suele ser la falta de ilusión por la vida, el acoso o la pérdida de vínculos afectivos”. Cuando esa percepción se instala, el riesgo se multiplica.

Javier Urra es contundente: “Una vez que un adolescente llega a la conclusión de que la vida es sufrimiento, el 70 % consigue suicidarse y si no lo consigue, lo reintentará.”

Soledad en un mundo que “exige perfección”
Muchos jóvenes viven hoy en un entorno que amplifica sus inseguridades.

Redes sociales, exposición pública, comparación constante y discursos que vinculan el valor personal al éxito generan una presión que resulta difícil de manejar.

El psicólogo Jorge López Vallejo afirma que los adolescentes crecen en un “ecosistema emocional saturado”.

“Los adolescentes crecen en una paradoja: nunca hubo tantas herramientas para comunicarse y, sin embargo, nunca se habían sentido tan solos, expuestos y evaluados”.

Según él, la adolescencia se ha convertido en un periodo donde cualquier conflicto se percibe como definitivo.

“La capacidad de diferir el malestar es menor y la presión por satisfacer estándares externos es mayor”.

Esa sensación de exigencia constante provoca que muchos jóvenes oculten su dolor.

“Muchos adolescentes ocultan su sufrimiento por miedo a no ser entendidos”.

Al mismo tiempo, el acoso escolar es otro de los factores que empuja a cada vez más menores a las tendencias suicidas.

Las víctimas de bullying tienden a perder la autoestima al punto de minimizar su sufrimiento y no comunicarlo a su entorno o familia.

Este bucle es, para los expertos, un trauma que muchos menores son incapaces de gestionar al no contar con ayuda exterior.

hombre posa con camisa blanca y tirantes azules, pelo corto negro y perilla

Urra identifica en este silencio uno de los riesgos más graves. Muchos menores no expresan su angustia y buscan respuestas en internet sin supervisión. “Son muchos los que buscan páginas o tutoriales sobre cómo quitarse la vida, en una percepción de estar muy rodeados de gente y sentirse solos”.

A esto se suma el aumento de autolesiones. “Cortarse o quemarse demuestra la incapacidad para aceptar el sufrimiento emocional.

Es una forma de materializarlo y de alguna manera externalizarlo”, explica.

López Vallejo apunta a factores familiares que agravan el aislamiento emocional. La sobreprotección, señala, es uno de ellos. “Hay padres que evitan cualquier frustración y generan jóvenes con baja tolerancia al malestar”.

También alerta sobre la racionalización excesiva. “Llevar al joven a la lógica adulta lo desconecta aún más de su experiencia emocional”. Cuando se intenta convencer al adolescente de que “no es para tanto”, la sensación de incomprensión aumenta.

Otro patrón frecuente es la minimización del dolor. Para López Vallejo, frases como “son cosas de niños” envían un mensaje dañino y se suelen traducir en “tu sufrimiento no importa”. En otros casos, los padres reaccionan solo cuando la situación es grave.

“Cuando se descuida el vínculo cotidiano y solo se reactiva la atención ante la alarma, el joven aprende que el malestar es la única vía para ser atendido”.

Diferencias entre niñas y niños: “Toman diferentes caminos para afrontar el dolor”
En los centros de ayuda terapéutica a familias en conflicto Recurra y Ginso, dirigidos por Urra, la mayoría de los casos que reciben son de chicas. “En nuestros centros atendemos, primordialmente, a chicas que han intentado quitarse la vida”, afirma.

Según su experiencia, las adolescentes expresan antes el sufrimiento.

“Acuden con cortes, quemaduras o señales de autolesión que permiten intervenir”. Estos signos funcionan como un aviso. Revelan un dolor emocional profundo pero también la existencia de una vía para pedir ayuda.

Sin embargo, los datos muestran un patrón diferente: son los chicos quienes más suicidios consumados presentan.

Urra explica esta contradicción. “La mujer intenta quitarse la vida, en teoría, bastante más que el hombre porque manifiesta más su padecimiento”. En cambio, muchos jóvenes varones “no emiten señales previas”.

No hablan de su malestar y no muestran síntomas. La familia y el entorno creen que están bien hasta que ocurre lo impensable.

Dos mujeres conversan en una sala mientras una de ellas toma notas en una libreta
Consulta de atención psicológica. | Europapress
Urra atribuye esta diferencia no a una menor intensidad del sufrimiento, sino a los métodos empleados.

“El hombre suele ser mucho más violento a la hora de elegir un método para suicidarse. También es más violento contra otros hombres”.

Javier Urra describe un comportamiento que ha observado durante décadas. Los chicos tienden a utilizar métodos rápidos y letales, como precipitarse o emplear armas. Estos actos dejan poco margen para la intervención.

En cambio, muchas mujeres recurren a la ingesta de fármacos y, en ocasiones, han comentado previamente sus tendencias suicidas con su entorno.

Eso aumenta las posibilidades de supervivencia.

Urra subraya que esta diferencia exige estrategias de prevención ajustadas. Las chicas suelen mostrar señales.

Los chicos, no. Esa ausencia de avisos convierte cada caso en un golpe inesperado.

El psicólogo recuerda que muchos de esos jóvenes incluso planean actividades futuras. “En teoría estaban bien”, comenta. Esto dificulta aún más la detección y explica la necesidad de reforzar la educación emocional desde edades tempranas.

Cambiar la narrativa para ayudar a los jóvenes
Para el psicólogo Jorge López Vallejo, la sociedad necesita modificar el mensaje que envía a los jóvenes. “No podemos seguir trasladando la idea de que deben ser excepcionales, resilientes y emocionalmente maduros a los 12 o 14 años”.

Propone una comunicación menos interrogativa y más acogedora. “Cuando lo quieras compartir, estaré aquí para escucharte sin juzgar”, sugiere. Este enfoque permite que el adolescente sienta que tiene un espacio seguro, sin presión.

Urra coincide en la importancia de devolver sentido a la vida del joven. En sus centros ha visto que muchos menores recuperan la esperanza cuando sienten que pueden ayudar a otros. “Muchos han perdido toda esperanza para sí mismos, pero si les dices ‘oye, podríamos hacer cosas en favor de otros’, se implican y empiezan a transformarse. Esa es la forma real de salvarles la vida”.

Para él, la prevención exige presencia constante y atención profesional temprana.

Jorge López Vallejo insiste en que muchos jóvenes quedan atrapados en un ciclo que él denomina “soluciones intentadas disfuncionales”. Explica que cuando un adolescente sufre y no recibe una respuesta ajustada, repite conductas que refuerzan el problema.

Persona sostiene un cartel de cartón que dice hablar del suicidio es prevenirlo durante una manifestación en la calle.
Movilización por el auge del suicidio en España.
Señala que la sobreprotección, la minimización del dolor o los mensajes racionalizadores no solo no alivian, sino que aumentan la sensación de incomprensión. “Cuando un problema se oculta, crece; y cuando se intenta soportarlo sin apoyo, se multiplica”.

Para él, el origen del malestar no siempre está en un hecho concreto, sino en la forma en que el entorno responde a ese primer síntoma.

López Vallejo subraya que es esencial devolver al adolescente una sensación de control sobre su vida. “La Terapia Breve Estratégica plantea maniobras que buscan romper la espiral de impotencia y generar experiencias de cambio rápido”.

El psicólogo defiende una comunicación que no invada y no presione, pero que esté disponible.

También apuesta por tareas concretas que permitan al joven comprobar que puede influir en su situación. “El objetivo no es entender primero, sino cambiar la relación con el problema”, explica. Considera que muchos adolescentes no necesitan que alguien les resuelva la vida, sino que les devuelvan la capacidad de actuar sin miedo al error.

Tanto Vallejo como Urra recuerdan que los índices empiezan a preocupar y que cada caso representa una tragedia irreparable. La conclusión de López Vallejo resume el desafío: “Los problemas más dolorosos pueden transformarse si rompemos los patrones que los mantienen”. Actuar hoy es esencial para que ningún menor llegue a creer que no merece seguir viviendo.

Si estás pasando por un momento difícil, o si conoces a alguien que pueda estar en riesgo, pide ayuda de inmediato. Hablar con un profesional puede marcar la diferencia. En España, el teléfono 024 ofrece atención gratuita y confidencial para la conducta suicida. No afrontes el sufrimiento en soledad. Siempre hay recursos, personas preparadas para escuchar y alternativas para seguir adelante.